MANIPULACIÓN

-Uno de los padres predispone a los hijos en contra del otro progenitor y su familia extensa.

“Si el lugar del hijo/a no está resguardado de la problemática conyugal y se le mezcla e implica en ella, se le está dañando.” (Salzberg , B .1992).

Hay diversas situaciones en las que se puede mezclar de manera errónea a los hijos en el conflicto, como cuando se busca una reconciliación con la pareja a través de él/ella o cuando se le utiliza de intermediario/a mediante pequeños “chantajes”, amenazas encubiertas, reproches continuados y preguntas insistentes sobre la vida de la ex pareja.

En estas situaciones lo que se consigue es que el niño o la niña se vea obligado/a a recurrir a mentiras, engaños, consuelos o culpabilidades.
Se convierte, aun sin quererlo en el aliado/a de uno contra otra, y al contrario.
Se convierte en el instrumento que vehiculiza los continuos ataques que se lanzan después de la ruptura.

Si en una familia se buscan alianzas entre distintas generaciones ( un progenitor con su hijo/a excluyendo al otro progenitor) se entorpece esa desvinculación de los padres dificultando la satisfacción y el derecho que todo niño y niña tiene de seguir unido/a a ambos, aunque la pareja se haya disuelto.
Si esto se impide, el niño o la niña se sentirá rehén o aliado/a de uno de los progenitores, debiendo establecer lealtades y fidelidades con este/a en contra del otro/a.

Para muchos autores (no para todos/as), la predisposición de un progenitor contra el otro progenitor y su familia extensa, se relaciona con el denominado “Síndrome de Alienación Parental” que según la definición de Gardner (1998): “Alteración en la que el niño/a manifiesta desprecio y críticas hacia uno de sus padres, está denigración o
minusvaloración del padre está injustificada y/o es exagerada”.

En la mayoría de los casos el niño o niña es influenciado/a por uno/a de los/as progenitores o manipulado/a implícita o explícitamente.

Gardner defiende la existencia de una programación mental consciente y de situaciones menos explicitas e inconscientes.

Se describen algunas conductas frecuentes del “manipulador/a”:
-Desvalorizan o insultan al otro progenitor delante de los/as niños/as, con el objetivo de predisponer al niño/a en su contra.

  • -Impiden el contacto telefónico con los hijos/as.
  • -Suelen organizar diferentes actividades con los hijos/as durante el periodo en que el otro/a progenitor debe ejercer su derecho de visita.
  • -Interceptan el correo y paquetes enviados a los hijos/as.
  • -No informan al otro progenitor sobre las actividades que realizan los/las hijos/as (deporte, actividades escolares)
  • -Hablan de manera descortés del nuevo cónyuge del otro progenitor.
  • -Impiden al otro/a progenitor ejercer su derecho de visita.
  • -“Se olvidan” de avisar al otro/a progenitor de citas importantes del niño/a con dentistas, médicos, psicólogos, etc.
  • -Implican a su entorno (madre, nueva pareja, abuelos) en el “lavado de cerebro” de los/as hijos/as.
  • -Toman decisiones importantes sobre los/as hijos/as sin consultar al otro progenitor.
  • -Reprochan al otro/a progenitor los malos comportamientos del hijo/a.
  • -Hace responsable al niño/a de la decisión de visitar o no a su progenitor/a.
  • -Culpabilizan al niño o la niña de su deseo de querer estar con su padre/madre.
  • -Castigan emocionalmente la expresión del niño o de la niña de sentimientos positivos hacia su progenitor/a o premian la expresión de conductas despectivas y de rechazo hacia él/ella.

El/la progenitor/a manipulador/a tiende a sobreproteger a sus hijos/as.

Ve el mundo como peligroso y el/la otro/a progenitor representa una posible fuente de peligro, ya que no puede
controlarlo/a en las visitas.
La razón más usada es el hecho de que el otro/a progenitor no sea capaz de ocuparse de los/as hijos/as y que éstos/as no se sienten bien cuando vuelven de la visita. Ni previamente se querían ir.

El mensaje dirigido a los/as hijos/as es que el otro padre/madre ya no es un miembro de la familia y que es una complicación ir a verlo/a.
En este contexto, el menor cambio de planes de las visitas es un pretexto para anularlas.

Los intentos de predisposición sobre el niño/a en contra de otros miembros de la familia puede ejercerse por parte de la madre o el padre, o de cualquier persona de la familia que tenga influencia sobre el/ella, y que pueden concluir o no con una negativa o rechazo del niño/a a visitar a los miembros de la familia extensa, como pueden ser los abuelos.

CONFUSIÓN DE ROLES Y CONFLICTO DE LEALTADES

A pesar de que los roles teóricos parecen claros, los hijos e hijas pequeños/as son niños y niñas, los no tan pequeños/as son adolescentes y los padres son los adultos.
Pero estos roles no siempre se cumplen con esta correspondencia, sino que se mezclan unos con otros.

Al contrario que otros comportamientos de sobreprotección, existen hijos e hijas que perecen adoptar actitudes de adulto/a y viceversa.
Ejemplo de padres divorciados que “vuelven a vivir una segunda adolescencia”, después de haberse casado.

En ocasiones se le arrebata al niño o la niña parte de su infancia, y al adolescente parte de su adolescencia, de manera sutil, no visible.
En estos tiempos de familias cada vez más heterogéneas, sumado a factores de entorno y con especial hincapié en los cambios en la comunicación, existen muchos casos reales de hijos e hijas que son convertidos/as (y de forma bastante
recurrente) en el “muro de las lamentaciones” de muchos padres y madres, cuando estos/as últimos/as tienen problemas personales, cuando han tenido un mal día, cuando están deprimidos/as, cuando están desesperados/as, enfadados/as etc.
No podemos confundir otorgar confianza con igualar los roles.
Ponemos en peligro la capacidad de expansión de nuestros/as hijos/as en toda su potencialidad.

¿Cuándo puede ocurrir esto?

Cuando el padre o la madre, o los dos, involucran al hijo/a en sus problemas de pareja, de forma constante durante el paso de su “infancia” y/o “adolescencia”.

Cuando delegan en uno/a de los/as hermanos/as, el cuidado sobre sus otros hijos, alegando, favoreciendo y reforzando que se conviertan en el soporte a nivel físico y psicológico de otro hermano o del resto de hermanos, con los conocidos argumentos de “es que es el hermano/a mayor,” “es que él es más fuerte”, “es que él es muy responsable y puede con todo”, argumentos que no sirven si tenemos en cuenta que no deja de ser un niño/a, o un adolescente, o en definitiva, un “hijo/a” más, al que se debe tratar igual que al resto.
Y en definitiva “personas” que se merecen disfrutar de su condición de hijos/as, no teniéndose que convertir en “adultos” antes de tiempo.

Cuando el adulto o la adulta cuenta al hijo/a sus problemas, deposita en el hijo/a una carga emocional altísima de forma injusta, pues este/a último/a no tiene porqué asumir la responsabilidad de soportar dicha carga.

Precisamente a él o ella no le corresponde ser el colchón dónde “se abandonen” o “se caigan” los adultos/as.

¿Quién es quién? Conflicto de lealtades

El hijo o la hija no debe contener al padre o a la madre, es al contrario: el padre/madre, como adulto/a, es quien debe contener al hijo/a, quien debe protegerlo/a.

Esta confusión de roles, se traduce a largo plazo en la dificultad de los hijos/as -futuros adultos/as -, para separarse de sus padres/madres y diferenciarse de ellos/as, para sentirse libres, sin cadenas que les aten en un verdadero conflicto de lealtades, (unas más conscientes, otras menos).

También se traduce en obstáculos para poder crear vínculos maduros e igualitarios con otras personas, para formar sus propias parejas afianzando sus propios hogares y núcleos familiares.
En cargas que les convierten en personas que se olvidan de sus propias necesidades, en individuos que anteponen el “tú” antes que el “yo”.

Además, cuando los hijos e hijas crecen atrapados/as en este tipo de dinámicas confusas, aprenden erróneamente que son los/as responsables de la compañía de sus padres y madres, de hacerles felices.
Interiorizan, por tanto, que la felicidad de otra persona depende de ellos/ellas y creen todo esto porque asumieron mensajes de forma temprana (unas veces más explícitos, otras más implícitos o camuflados) que no debieron recibir: “tu padre no me hace caso”, “tu madre no me escucha”, “tu hermano me pone muy nerviosa”, “estoy triste”, “me siento sola”, “no escuches a tu madre, es muy pesada”, “tu padre no tiene paciencia, estoy harta”, etc.

Es una realidad más extendida de lo deseado, que vivimos en una sociedad en la que se asignan responsabilidades a los hijos e hijas que no les pertenecen y que, sin embargo, están aprobadas socialmente.
Y no les pertenecen sólo por el simple hecho de ser precisamente eso, niños y niñas.

Responsabilidades que, añadidas a otros factores, borran de las miradas de los niños y niñas pequeños/as la ilusión, la inocencia, el juego, la curiosidad, la sonrisa.

Responsabilidades que imprimen otro gesto en su expresión corporal y facial, repercusiones que hacen que digamos eso de “parece una personita mayor en el cuerpo de un niño/a”.

Y responsabilidades que hacen que un/a adolescente prefiera, entre otras muchas cuestiones, “quedarse en casa” a diario antes que salir de casa y pasar algún rato con los amigos, realidad que en verdad les correspondería según la etapa en la que se encuentran de su ciclo vital natural.
Tendemos a premiar por “fíjate que maduro/a es para su edad” cuando quizás lo que habría que premiar es el hecho de ser niño y una niña el mayor tiempo posible!


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